La
percepción es la función psíquica que nos permite recibir,
elaborar e interpretar la información proveniente del entorno, a
través de los cinco sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato)
Los experimentos realizados con miles de personas permiten darnos
una idea aproximada (estadísticas medias) del umbral de
sensibilidad de cada uno de nuestros sentidos.
Esta
función, si bien está ligada a cuestiones físicas, está también
directamente vinculado a la psiquis de cada individuo, determinando
que el resultado sea completamente diferente en otra persona.
(Información Winipedia) La poesía siempre estuvo y está de moda.
Es admirable que en una época que sabe ser al mismo tiempo práctica
y disipada, y que podríamos creer bastante distanciada de las cosas
especulativas, se dedique tanto interés no sólo a la poesía misma
sino también a la teoría poética, entonces nuestros sentidos
perciben aspectos de la realidad o de la ficción y cobra sustancial
importancia en su creación misma.
La
poesía es una forma de encontrarle sentido a las cosas; un espacio
de libertad e identidad, con el que se accede al escribir, una
manera de completarse como persona y de conocerse a sí mismo, donde
los sentidos se involucran, es esa gran cantidad de sentimientos y
emociones adheridos, instantes donde la inspiración emerge como un
reducto controlado de la naturaleza y un lugar para estar en paz,
Entonces, esa multiplicidad de cosas tiene cabida entre esos muros
sentí-dos para la poesía.
En
la poesía opino que hay muchas voces en conflicto, desencadenantes
y adictivas y pienso que eso siempre será bueno, así como positiva
será la alternancia conviviendo con esa multiplicidad de voces
generando diálogos íntimos y enriquecedores en el acervo o la
naturaleza de la poesía, generadora de luz en cualquier tema que
nos ocupe como seres humanos, usamos el sentido figurado para dar
fuerza, calor y vitalidad a lo que escribimos, así, las palabras
transmiten sus significados, pero también poseen una dimensión
física; son materia sonora y visual.”
Los
poetas son fundadores del ser; son por lo mismo, los depositarios de
los mitos fundacionales de un linaje, de una familia y más tarde de
un pueblo, son los únicos capaces de revelarnos el origen y la
esencia en cuya pérdida estaríamos arrojados a una existencia sin
manifestaciones. La poesía es lo resaltante del ser y de la esencia
de todas las cosas, un decir por el cual sale a lo abierto por
primera vez todo aquello con lo cual luego tratamos en el lenguaje
cotidiano. Por eso la poesía nunca toma el lenguaje como una
materia prima pre existente, sino que es la poesía misma la que
posibilita el lenguaje. La poesía es fundación del ser por la
palabra. La poesía es el lenguaje prístino de un pueblo histórico.
Un pueblo al que el poeta, como sobreviviente de un paraíso
perdido, quisiera regresar, como testigo visionario -hoy
forzosamente marginal- de esa edad dorada de lo humano. El mundo del
verdadero arraigo.
Por
lo tanto hoy voy a permitirme ser un poco abstracta; pero, de ese
modo, me será posible ser breve. Propondré una determinada idea
del poeta y de la poesía, con la firme intención de no decir nada
que no sea pura constatación y que todo el mundo pueda observar en
sí o por sí mismo o, al menos, hallar un razonamiento fácil.
El
comienzo de esta ponencia de sentidos en la poesía consistirá
necesariamente en la consideración de ese nombre, tal y como se
emplea en el discurso inicial. Sabemos que esa palabra tiene dos
sentidos, es decir, dos funciones bien distintas. Designa en primer
lugar un cierto género de emociones, un estado emotivo particular,
que puede ser provocado por objetos o circunstancias muy diferentes.
Decimos de un paisaje que es poético, lo decimos de una
circunstancia de la vida, hablamos del amor y a veces de una
persona.
Pero
existe una segunda acepción de ese término, un segundo sentido más
estricto. Poesía, sentida en los sentidos que nos hace pensar en un
arte, en una extraña industria cuyo objeto es reconstituir esa
emoción que designa el primer sentido de la palabra. Restituir la
emoción poética a voluntad, fuera de las condiciones naturales en
las que se produce espontáneamente y mediante los artificios del
lenguaje, tal es el propósito del poeta, y tal es la idea unida al
nombre de poesía, tomada al instante de los sentidos, sentidos, lo
que me lleva a pensar siempre en la emoción poética, del estado
emocional y esencial.
Ustedes
saben lo que la mayoría de los hombres sienten con mayor o menor
fuerza y pureza ante un espectáculo natural que les impone. Las
puestas de sol, los claros de luna, los bosques y el mar nos
conmueven. Los grandes acontecimientos, los puntos críticos de la
vida afectiva, los males del amor y la evocación de la muerte son
otras tantas ocasiones o causas inmediatas de resonancias íntimas
más o menos intensas y más o menos conscientes de la creatividad.
Esa clase de emociones se distingue de todas las demás emociones
humanas.
¿Cómo
se distingue?, ¿Es importante oponer tan claramente como sea
posible la emoción poética a la emoción ordinaria?. La separación
es bastante delicada de realizar, pues nunca se ha cumplido en los
hechos. Siempre encontraremos esa mezcla con la emoción poética
esencial de ternura o tristeza, el furor, el temor o la esperanza; y
los intereses y los efectos particulares del individuo no dejan de
combinarse con esta sensación de universo, que es característica
de la poesía.
He
dicho: sensación de universo. He querido decir que el estado o
emoción poética me parece que consiste en una percepción
naciente, en una tendencia a percibir un mundo, o sistema completo
de relaciones, en el cual los seres, las cosas, los acontecimientos
y los actos, si bien se parecen, todos a todos, a aquellos que
pueblan y componen el mundo sensible, el mundo inmediato del que son
tomados, están, por otra parte, en una relación indefinible, pero
maravillosamente justa, con los modos y las leyes de nuestra
sensibilidad general. Entonces esos objetos y esos seres conocidos
cambian en alguna medida de valor. Se llaman unos a otros, se
asocian de muy distinta manera que en las condiciones ordinarias. Se
encuentran -permítanme esta expresión musicalizada, convertidas en
conmensurables, resonante el uno por el otro. Así definido, el
universo poético presenta grandes analogías con el universo de los
sueños, ya que a partir del romanticismo a estos tiempos modernos,
se ha producido una confusión bastante explicable, ni el sueño ni
la ensoñación son necesariamente poéticos, pero las figuras
formadas al azar, solo por azar, son figuras armónicas, aparecen y
se modifican únicamente por las variaciones de nuestra sensibilidad
profunda, por esos sentidos que nos invade, que nos gana.
Es
aproximadamente así, como el estado poético se instala, se
desarrolla y se disgrega en nosotros. Lo que equivale a decir que es
perfectamente irregular, inconstante, involuntario y frágil, y que
lo perdemos lo mismo que lo obtenemos, por accidente. Hay períodos
de nuestra vida en los que esta emoción y esas formaciones tan
preciosas no se manifiestan, invernamos, el azar nos las da, el azar
nos las retira.
Pero
el hombre solamente es hombre por la voluntad que tiene de
restablecer lo que le interesa. Así el hombre ha hecho por esta
emoción superior lo que ha hecho o ha intentado hacer por todas las
cosas perecederas o dignas de añoranza. Ha buscado, ha encontrado
medios para fijar y resucitar a voluntad los estados más bellos y
más puros de sí mismo, para reproducir, transmitir y guardar
durante siglos las fórmulas de su entusiasmo, de su éxtasis, de su
vibración personal; y, por una afortunada y admirable consecuencia,
la invención de esos procedimientos de conservación le ha dado al
mismo tiempo la idea y el poder de desarrollar y enriquecer
artificialmente los fragmentos de vida poética de los que su
naturaleza le otorga, el don de la palabra sentida.
El
poeta aprende a extraer del transcurso del tiempo, a separar de las
circunstancias esas formaciones, esas maravillosas percepciones
fortuitas que se podrían perder sin retorno si la inspiración
ingeniosa y sagaz no hubiera acudido a prestar el socorro de sus
invenciones al yo puramente sensible, a sus sentidos para hacer
nacer un poema. Todas las artes han sido creadas para perpetuar,
cambiar, cada una según su esencia, un momento de efímera delicia
en la certidumbre de una infinidad de instantes deliciosos. Una obra
no es otra cosa que el instrumento de esta multiplicación o
regeneración posible. Poesía, música, pintura, danza, canto,
baile, etc. son los diversos modos correspondientes a la diversidad
de los sentidos en el arte. Ahora bien, entre esos medios de
producir o de reproducir un mundo poético, amplificado mediante el
trabajo reflexivo, el más antiguo, quizás, o el más inmediato, y
sin embargo el más complejo, es el lenguaje. Pero el lenguaje,
debido a su naturaleza abstracta, es un instrumento, una
herramienta, o mejor una colección de herramientas y de operaciones
formadas por la práctica y sojuzgada a ella. Es por lo tanto un
medio necesariamente burdo, que cada cual utiliza, acomoda a sus
necesidades actuales, de acuerdo con las circunstancias, ajusta a su
persona fisiológica y a su historia psicológica.
Pero
no estoy aquí para hacer versos. Trato por el contrario de
considerar los versos como imposibles de construir en la lucidez del
poeta, no pretendo decir que se escribe en lo irracional o en un
aura de cierta locura, creo en los esfuerzos de los poetas,
concibiendo con esa temeridad, con sus fatigas, sus riesgos y sus
virtudes, para luego maravillarse de su don creativo.
Ahora
bien, esa atmósfera, ese hechizo poderoso y frágil, ese universo
de los sentidos en que se sumerge al poeta por la naturaleza de su
arte ha de crear y recrear a cada instante, para quiénes lo leen e
interpretan.
¿En
qué estado desfavorable o desordenado encuentra las cosas el poeta?
Tiene ante sí ese lenguaje ordinario, ese conjunto de medios tan
burdos que todo conocimiento que se precisa lo rechaza para crearse
sus instrumentos de pensamiento; ha de tomar prestada esa colección
de términos y reglas tradicionales e irracionales, modificadas por
cualquiera, caprichosamente introducidas, caprichosamente
interpretadas, caprichosamente codificadas. Nada menos adecuado a
los propósitos del artista que ese desorden esencial del que debe
extraer a cada instante los elementos del orden que desea producir.
Para el poeta no ha habido físico que haya determinado las
propiedades constantes de esos elementos de su arte, sus relaciones,
sus condiciones de emisión idéntica. Ninguna certidumbre, de no
ser
la
de las fluctuaciones fonéticas y significativas del lenguaje. Ese
lenguaje, además, no actúa como el sonido sobre un sentido único,
sobre el oído, que es el sentido por excelencia de la espera y de
la atención. Constituye, por el contrario, una mezcla de
excitaciones sensoriales y físicas perfectamente incoherentes. Cada
palabra es una reunión instantánea de efectos sin relación entre
sí. Cada palabra reúne varios sonidos y varios sentidos. y se
puede tornar grave para los poetas, cuando esos efectos musicales ,
esas imágenes que habían previsto puedan quedar corrompidos o
desfigurados por el acto de sus lectores que con sus propios
sentidos, y/o conclusiones les sugiere cada palabra, muchas veces
los sentidos del poeta son bastante diferentes , infinitamente
diferentes y es así como concluimos que la palabra es cosa
compleja, es combinación de propiedades a un tiempo vinculadas en
el hecho e independientes por su naturaleza y su función. Un
discurso puede ser lógico y cargado de sentido, pero sin ritmo y
sin compás alguno; puede ser agradable al oído y perfectamente
absurdo o insignificante; puede ser claro y vano, vago y
delicioso... Pero basta, para hacer imaginar su extraña
multiplicidad, con nombrar todas las ciencias creadas para ocuparse
de esta diversidad y explotar cada uno de sus elementos. Puede
estudiarse un texto de muchas maneras independientes, pues es
sucesivamente justiciable por la fonética, por la semántica, por
la sintaxis, por la lógica y por la retórica, sin omitir la
métrica, ni la etimología.
He
ahí al poeta enfrentado con esa materia moviente y demasiado
impura; obligado a especular por turno sobre el sonido y sobre el
sentido, a satisfacer no sólo a la armonía, al período musical,
sino también a condiciones intelectuales variadas: lógica,
gramática, sujeto del poema, figuras y ornamentos de todos los
órdenes, sin contar con las reglas convencionales.
Aquí
comienzan las inciertas y minuciosas operaciones del arte literario.
Pero este arte nos ofrece dos aspectos, hay dos grandes modos que,
en su estado extremo, se oponen, pero que, sin embargo, se reúnen y
encadenan por una multitud de grados intermedios.
Solamente
por una burda confusión de los géneros y de los momentos se le
pueden reprochar al poeta sus expresiones indirectas y sus formas
complejas. No vemos que la poesía implica una decisión de cambiar
la función del lenguaje, el poema no muere, está expresamente
hecho para renacer de sus cenizas y volver a ser indefinidamente lo
que se propone ser. El sentido que se propone dibujado desde una
oscilación, una simetría, una igualdad de valor y de poderes entre
la forma y el fondo, entre el sonido y el sentido, entre el poema y
el estado de poesía.
Este
intercambio armónico entre la impresión y la expresión es a mi
modo de ver el principio esencial de la mecánica poética, es
decir, de la producción del estado poético mediante la palabra. El
poeta escribe desde la iluminación de sus sentidos plenos,
entregados, en esas formas singulares del lenguaje, sin
rebuscamientos, con libertad genuina que lo aleje del
encasillamiento de modos y formas. La poesía así concebida y
entendida es simplemente distinta a cualquier prosa, únicamente es,
se mueve, actúa y padece con el espíritu.
Si
la poesía actúa verdaderamente sobre alguien no es dividiéndolo
en su naturaleza, comunicándole las ilusiones de una vida de
ficción y puramente mental. No le impone una falsa realidad que
exige la docilidad del alma y la abstención del cuerpo. La poesía
debe extenderse a todo el ser; excita su organización muscular con
los ritmos, libera o desencadena sus facultades verbales de las que
exalta el juego total, le ordena en profundidad, pues trata de
provocar o reproducir la unidad y la armonía de la persona
viviente, unidad extraordinaria, que se manifiesta cuando el hombre
es poseído por un sentimiento intenso que no deja de lado ninguna
de sus potencias, el poema se despliega en un campo más rico de
nuestras funciones de movimiento, exige de nosotros una
participación que está más próxima a la acción completa.
Tras
intentar definir el dominio de la poesía, debería ahora tratar de
considerar la operación misma del poeta, los problemas de la
factura y de la composición. Pero sería entrar en una vía muy
espinosa. Encontramos tormentos infinitos, disputas que no pueden
tener fin, adversidades, enigmas, preocupaciones e incluso
desesperaciones que convierten el oficio del poeta en uno de los más
inseguros y de los más cansados que existen. El propio Malherbe
decía: que después de acabar un buen soneto el autor tiene derecho
a tomarse diez años de descanso. En cuanto a mí, escribo y
traduzco por sentido, totalmente sentido desde las raíces de la
sensibilidad, versos que traducen la propia vida, la ajena o
inventada, pero finalmente con esas grandes dosis casi desgastantes
del flujo sanguíneo en la entrega.
Pero
todos ustedes saben que hay un medio sumamente simple de hacer
versos. Basta con estar inspirado y las cosas van por sí solas. Me
gustaría que fuera así. La vida sería soportable. Aceptemos, no
obstante, esta ingenua respuesta, pero examinemos las consecuencias
en un medio donde ejerce la presión por un encasillamiento que
pudiera cortarnos las alas de la inspiración.
Aquel
que admite que una producción poética es un puro efecto del azar o
bien que procede de una especie de comunicación sobrenatural; una y
otra hipótesis reducen al poeta a un papel miserablemente pasivo.
Hacen de él o una especie de urna en la que se agitan millones de
bolas o una tabla parlante en la que se aloja un espíritu. Tabla o
cubeta, en resumen, pero no un dios; lo contrario de un dios; lo
contrario de un Yo.
Y
el infortunado autor, que ya no es autor, sino signatario, y
responsable como un gerente de periódico, se ve obligado a
decirse:
«En
tus obras, querido poeta, lo que es bueno no es tuyo, lo que es malo
te pertenece sin ningún género de duda.»
Resulta
extraño que más de un poeta se haya contentado -si es que no se ha
enorgullecido- con no ser más que un instrumento, un momentáneo
médium.
Ahora
bien, la experiencia lo mismo que la reflexión nos demuestran, por
el contrario, que los poemas cuya compleja perfección y afortunado
desarrollo impondrían con mayor fuerza a sus maravillados lectores
la idea de milagro, del golpe de suerte, de realización sobrehumana
(debido a una conjunción extraordinaria de las virtudes que se
pueden desear pero no esperar encontrar reunidas en una obra), son
también obras maestras de trabajo, son, además, monumentos de
inteligencia y de trabajo continuado, productos de la voluntad y del
análisis, que exigen cualidades demasiado múltiples para poder
reducirse a las de un aparato registrador de entusiasmos o de
éxtasis. Ante un bello poema de alguna longitud percibimos que hay
ínfimas posibilidades de que un hombre haya podido improvisar de
una vez, sin otro cansancio que el de escribir o emitir lo que le
viene a la mente, un discurso singularmente seguro de sí, provisto
de continuos recursos, de una armonía constante y de ideas siempre
acertadas, un discurso que no cesa de encantar, en el que no se
encuentran accidentes, señales de debilidad y de impotencia, en el
que faltan esos molestos incidentes que rompen el encantamiento y
arruinan el verso poético del que mencionaba anteriormente.
No
es que no haga falta en un inspirador algo más, alguna virtud que
no se descompone, que no se analiza en actos definibles y en horas
de trabajo. Hay una cualidad especial, una especie de energía
individual propia del poeta. Aparece en él y se le revela a sí
mismo en ciertos instantes de infinito valor. Pero no son más que
instantes y esta energía superior no existe o no puede actuar más
que mediante manifestaciones breves y/o fortuitas, (es decir, es tal
que todas las otras energías del hombre no la pueden componer y
reemplazar). Es preciso añadir –y esto es bastante importante-,
que los tesoros que iluminan a los ojos de nuestra mente, las ideas
o las formas que nos produce a nosotros mismos, están bien lejos de
tener igual valor para las miradas extrañas.
Esos
momentos de un valor infinito, esos instantes que dan una especie de
resplandor de la exaltación, no todo lo que brilla, es oro, pero
qué más desearía un poeta que la de construir una hermosa joya
reluciendo ante los demás desde ese “yo” que aflora, desde esa
identidad de sus más íntimos sentidos, caracterizada por la
potencia expresiva espontánea, sensitiva, rítmica que
desencadenará en esa esencia viva de la poesía
Pero
es al lector a quien corresponde y a quien está destinada la
inspiración, lo mismo que corresponde al poeta hacer pensar, hacer
creer, hacer lo necesario para que solamente podamos atribuir a los
dioses una obra demasiado perfecta o demasiado conmovedora para
salir de las inseguras manos de un hombre. Precisamente el objeto
mismo del arte y el principio de sus artificios es comunicar la
impresión de un estado ideal en el que el hombre que lo lograra,
sería capaz de producir espontáneamente, sin esfuerzo, sin
debilidad, una expresión magnífica y maravillosamente ordenada de
su naturaleza y de nuestros destinos y en mi modesta percepción y
aportación, sigo y seguiré considerando que escribir poesía es
totalmente desde los sentidos, sentidos.
MIS
SENTIDOS
Vagan
mis sentidos más allá de percepciones,
a
veces en mi contra se arrastran y desgastan
burlonas
se acicalan tras hirientes recuerdos
dibujando
huellas en el suelo me atropellan
con
silencio sigiloso deslizándose en mis dudas.
Mis
sentidos vagan por el silencioso ritual de mis espacios confundidos,
olfateando
el
aroma de sensual aventura que me inspira
pulsaciones
de sexo infinitsaboreando cántaros de fuegos sumergidos.
La
percepción de mi ser moviliza el tiempo
con
el placer de mis alborotados sentidos
sonidos
del corazón mío de engañosa soledad,
trato
de ver con mis ojos de agua y encontrarme
asomada
al umbral de todos mis sentidos,
tan
sentidos y plenamente consentidos.
Lucy
Martínez Z.
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