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miércoles, 13 de marzo de 2019

El lado más oscuro de Dickens

El escritor y periodista intentó, sin éxito, que su mujer fuera ingresada en un manicomio

Eafa de Miguel El País, Londres 10 marzo 2019


El hombre más famoso de la era victoriana, el "poeta de la ciudad moderna", el novelista más importante de la historia inglesa, Charles Dickens, cometió uno de los actos más crueles y abyectos que se pueda imaginar: intentó encerrar a su mujer, Catherine, con la que había compartido 20 años de matrimonio y 10 hijos, en un manicomio, para poder disfrutar en libertad su romance con la actriz Ellen Ternan.

John Bowen, profesor de Literatura del siglo XIX en la Universidad de York, al norte de Inglaterra, ha dado con la carta que demuestra la crueldad con la que Dickens intentó despachar el momento más turbio de su vida. "Durante años existió la sospecha de que lo había intentado, pero ninguna prueba definitiva. Y por supuesto es algo muy difícil de asimilar. Hizo cosas admirables, pero en su ruptura matrimonial tuvo un comportamiento horrible, e hirio a mucha gente", explica Bowen a EL PAÍS en conversación telefónica.

Catherine Dickens vivió las dos últimas décadas de su vida en una pequeña residencia en Camden, al norte de Londres. Allí trabó amistad con un matrimonio vecino, Edward y Lynda Dutton Cook. Ella era pianista. Él, un hombre de letras, crítico teatral y novelista. En su último año de vida, en 1879, mientras aliviaba sus terribles dolores con dosis de morfina, Catherine sintió la necesidad de contar su versión de lo sucedido. Hasta entonces, Dickens, celoso hasta el extremo de su buena imagen y reputación, había logrado trasladar la imagen de un matrimonio deteriorado por los "desórdenes mentales" de una mujer que no prestaba atención ni cariño a sus hijos. Gran publicista de sí mismo y con buenos e influyentes amigos, el escritor plasmó un retrato despiadado y falso en una carta que filtró convenientemente a la prensa. La famosa "carta violada" que convenció a sus admiradores pero escandalizó también a muchos de sus contemporáneos.

Edward Dutton Cook nunca quiso hacer públicas las interioridades de una familia y de un hombre que para entonces ya era un tesoro nacional. Pero se las contó a través de varias cartas a su amigo el periodista William Moy Thomas. "Al final, [Dickens] descubrió que ella ya no era de su agrado. Había dado a luz a 10 hijos y perdido gran parte de su belleza. Se había hecho vieja. Intentó incluso encerrarla en un manicomio, ¡pobre mujer! Pero a pesar de lo nefastas que son nuestras leyes en lo que se refiere a probar la locura, no consiguió su propósito", escribió Dutton Cook.

"Cuando descubres este lado sombrío de Dickens, interpretas la obra posterior a 1858, el año de la ruptura matrimonial", explica el profesor Bowen. "Grandes esperanzas, uno de sus libros más universales, es una novela llena de culpa, de vergüenza. Su personaje principal [Philip Pirrip Pip] se siente incomprendido y es alguien que ha herido a mucha gente".

Bowen, que pudo acceder al contenido de las cartas de Dutton Cook, hoy custodiadas en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, conoce bien los documentos de la época y ha deducido, con casi total seguridad, la identidad del médico que se negó a cumplir con los deseos de Dickens. Thomas Harrington Tuke, superintendente del Asilo Manor House, en el barrio londinense de Chiswick, entre 1849 y 1888, era un viejo conocido del escritor. Llegó a asistir al bautizo de uno de sus hijos. La amistad se enfrió poco después, sin motivo aparente, y Dickens se prodigó en dedicarle insultos como "asno médico" o "ser miserable".

Las leyes de la época ofrecían poca protección para aquellas personas a las que sus familias decidían encerrar de por vida por su supuesta enfermedad mental. Sobre todo, si se disponían de las conexiones adecuadas. Y Dickens las tenía. Su amigo y biógrafo, John Forster, secretario en el Comisionado para la Locura, un organismo público creado en 1845 para supervisar los manicomios, o el doctor John Connolly, con gran influencia en ese ámbito, movieron tierra y cielo para complacer a su amigo.

"A la luz de lo que sabemos ahora, esta historia tendría que ver mucho con el movimiento del Me Too", sugiere Bowen. "Pero también con esa luz de gas que muchos hombres proyectan sobre sus parejas para hacerles creer que son ellas las culpables. Aunque hay una parte positiva en todo este relato. Un doctor fue capaz de decir que no. No son muchos los médicos o abogados capaces en esa época de plantar cara a los ricos y poderosos. Casi como esos testimonios que escuchamos estos días de algunas personas contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump".

miércoles, 9 de enero de 2019

CAFÉ PARISINO PARA ESCRITORES COLOMBIANOS

 En la entrada que está pintada de un color vinoso hay un letrero que dice: Chez Georges. Vinos para llevar. Desde 1952i . Adentro, como hace veinte años, están los eternos pasajeros de este hermoso café enclavado en el barrio 6 de París que en medio del ruido de copas conversan solos o cuentan sus proyectos literarios al cliente que acaba de desembarcar de la República Checa, de Colombia o de Argentina. Es verano y el alcalde de la ciudad inauguró las playas sobre Sena que han sido un éxito total. Pese a esto, algunos pasajeros del café Chez Georges aún llevan el abrigo que han llevado durante meses. En la barra, entre los pasajeros anónimos que hablan solos alrededor de unbalóni de vino rojo, encuentro a Eduardo García Aguilar y Julio Olaciregui, los últimos escritores colombianos de la generación sin cuenta que ante el mito de París optaron por el exilio voluntario y decidieron quedarse en la Ciudad Luz. Busco detrás del mostrador al viejo Georges, que era el anfitrión y ya no está. Eduardo me dice que el viejo murió y Jorge, el barman argentino que era su empleado de confianza, se jubiló. Ahora el café está en manos de su hija y de su nieto. Recorro con mi memoria la vieja barra curvada de madera y entonces vuelvo a ver como en una película en sepia a la vieja generación que vino tras las huellas del boom latinoamericano. Que vino tras las pisadas eternas de Horacio Oliveira. Tras la sombra furtiva de la Maga, que todavía se pasea por el barrio Le Marais: Oscar Collazos y Oswaldo Soriano. Alfredo Bryce Echenique y Saúl Yurkievich. Julio Ramón Ribeyro y Marvel Moreno. Luego desembarcaron Luis Caballero, Darío Morales, Saturnino Ramírez, Carlos Mayolo, Hernán Toro, Germán Cuervo, Hernando Guerrero y Gustavo Reyes, entre otros. García Aguilar y Julio Olaciregui son los últimos mohicanos que se quedaron en París. Así como se quedaron en España y Alemania Consuelo Triviño, Ricardo Cano Gaviria, Luis Fayad, Jaime de la Gracia generación sin cuenta nació en el contexto de la revolución cubana y fue una generación soñadora que creció bajo el influjo de la literatura, la música y el cine latinoamericanos. Si vas a hacer una antología, me dice Eduardo, tienes que hacer una antología que incluya a todo el país literario, para no caer en el vicio de ciertos intelectuales bogotanos que piensan que el país termina en la Zona Rosa . A Olaciregui, que es el más silencioso de todos, le parece genial la idea y sugiere que allí deben estar nombres como Jaime Manrique Ardila, Roberto Rubiano, Juan Diego Mejía, Sonia Truque, José Luis Garcés, Luis Fernando Macías, Harold Kremer y Evelio Rosero. Les cuento que en Bogotá Ignacio Ramírez Pinzón ya bautizó la antología. Se llamará Cuentos sin cuenta, como un homenaje a los escritores nacidos en esta década. Complejo de Macondo. Para picarles la lengua, les pregunto cuál es la diferencia de esta generación con la anterior nacida en los años 40. García Aguilar, que no tiene pelos en la lengua, dice que, a excepción de unos pocos, esta generación vivió resentida por el complejo de Macondo. Algunos de ellos no comprendieron la dimensión universal de García Márquez y así enrarecieron el ambiente literario. Muchos escritores nacidos en los años 40 sucumbieron a la dialéctica de la nostalgia y el bambuco. Cómo ven la nueva generación de escritores nacida en los años 60 dedicada a la literatura negra llena de diablos, sicarios y bandidos?. Es una literatura que hace parte del proceso general de frivolización en que cayó la literatura. En Colombia y en Europa, a excepción de un Saramago, de un Magris o de un Espinosa, nadie está interesado en escribir buena literatura. No les interesa escribir buenas novelas que narren el drama de la condición humana. Les interesa es crear productos, como si la literatura fuera un detergente o una hamburguesa. La literatura es plástica, y a esto le hacen el juego los escritores y, por supuesto, los editores. Entonces, se acabó la responsabilidad del escritor frente a su obra?. No solo hay una falta de responsabilidad frente a su obra sino frente al lector. Como vivimos en una sociedad donde el consumo está a la orden del día, no importa qué se le vende al lector. Y lo más fácil es producir basura literaria. Literatura de demonios que no le hace cosquillas ni al bebé de Rosemary. Literatura de aeropuerto, de esa que se consume en el avión y luego se deja olvidada en los retretes automáticos. Qué papel cumple hoy la crítica literaria, que sería la que orientaría al lector para que no se deje engañar?. La crítica literaria existió en la época de Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y Angel Rama. Hoy existe una serie de reseñadores. Y la academia, dentro de su endogamia perversa, sigue pensando en los huevos del gallo. Entonces, estamos condenados también con la literatura?. No; en Colombia hay un fenómeno importante y es que hoy, comenzando un siglo, están confluyendo tres generaciones al mismo tiempo. Las tres generaciones de las que hemos venido hablando. Pero para que nuestra literatura sea fuerte no solo a nivel nacional sino también en el plano internacional, tenemos que hacer una especie de profilaxis para evitar tanto vicio y tanto malestar de la cultura. Una profilaxis que también debe hacer el país para que deje de representar el viejo mundo atrasado y atávico en el que vivimos. En Colombia hay una máxima que dice que si un escritor no vive en Bogotá, no existe. Seguimos pensando como en la época de Miguel Antonio Caro. Y, claro, si uno no vive en Bogotá no existe para la prensa nacional ni mucho menos para las editoriales. En Colombia hay que acabar con los monopolios culturales que se llevan la mayor parte del pírrico presupuesto nacional. Hay que democratizar la cultura y así como pensamos en un país nacional tenemos que pensar en un país cultural y en un país literario donde quepan todas las regiones. Incluyendo la ínsula literaria del café Chez Georgesi de la calle Canettes, por donde han pasado tantos artistas y escritores colombianos.

 Publicación el Tiempo.com 
Sección Lecturas fin de semana 
Fecha de publicación 20 de octubre de 2002 
Autor: Fabio Martínez

lunes, 24 de septiembre de 2018

“Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza/del cielo se abre como una boca de muerto,/ Tiene mi corazón un llanto de princesa/ olvidada en el fondo de un palacio desierto…”.

Tristezas nacidas en las profundidades secretas de Pablo Neruda. A cuarenta y cinco años de su asesinato: 23.09.1973 – 23.09.2018 Por Luis E. Aguilera González.

Pablo Neruda recordaba, que los días de la infancia fueron sus únicos personajes inolvidables, fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata desde el Polo Sur, a los cielos del Cabo de Hornos, hasta llegar a las fronteras. En esas fronteras, o Far West de nuestra patria, fue donde Neftali Ricardo Reyes Basoalto, nació a la vida el 12 de Julio de 1904, a la tierra, a la poesía y a la lluvia; “Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza/del cielo se abre como una boca de muerto,/ Tiene mi corazón un llanto de princesa/ olvidada en el fondo de un palacio desierto…”.

Su poesía y su vida transcurrieron como un río americano, como un torrente de aguas de Chile, nacidas en las profundidades secretas de las montañas australes. Su poesía no rechazó nada de lo que pudo traer en su caudal; Pablo Neruda aceptó la pasión, “Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes/ a tus ojos oceánicos…/, desarrolló el misterio, y se abrió paso entre los corazones del pueblo: “Era bueno el hombre, seguro/ con el azadón y el arado. /No tuvo tiempo siquiera/ para soñar mientras dormía…”.

Le tocó padecer, luchar, amar y cantar: le tocaron en el reparto del mundo, el triunfo, la derrota, probó el gusto del pan y el de la sangre. “…No me gusta en el viaje/ hallar, en los rincones, la tristeza,/ los ojos sin amor o la boca con hambre./ ¿Qué más quiere un poeta? Todas las alternativas, desde el llanto hasta los besos: “Mi alma es un Carrusel vacío en el crepúsculo”.

A Pablo Neruda el Oriente Rangún (Birmania), le impresionó como una grande y desventurada familia humana. Su vida oficial funcionaba una sola vez cada tres meses, cuando arribaba un barco de Calcuta que transportaba parafina sólida y grandes cajas de té para Chile. Afiebradamente el joven “Cónsul ad honores chileno” que contaba solamente con 23 años (1927), debía timbrar y firmar documentos. Luego vendrían otros tres meses de inacción, de contemplación ermitaña de mercados y templos. Nos contaría después; “yo existo en ese día repartido,/ existo allí como una piedra pisada por un buey,/ como un testigo sin duda olvidado…”. A pesar de todo ello continuará publicando regularmente crónicas y poemas. Esta es la época más dolorosa y de cambio en su poesía.

Pablo Neruda, se adentró tanto en el alma y la vida de ese pueblo, que finalmente se enamoró de una nativa. Ella vestía como una inglesa y su nombre de calle era Josie Bliss. Pero en la intimidad de su casa, que pronto compartió, ella se despojaba de tales prendas y de tal nombre para usar su deslumbrante sarong (Traje típico de las mujeres de las islas de Oceanía), y su recóndito nombre birmano.

El poeta tuvo dificultades en su vida privada. La dulce Josie Bliss fue reconcentrándose y apasionándose hasta enfermar de celos: “Oh Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia, y/ habrás insultado el recuerdo de mi madre llamándola perra podrida/ y madre de perros, ya habrás bebido sola, solitaria,/ el té del atardecer mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre y ya no/ podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos,/ mis comidas,/ sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún/ quejándome del trópico, de los coolics corringhis,/ de las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño/ y de los/ espantosos ingleses que odio todavía…”/. El poeta escaparía sin avisar “Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde/ el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,/ y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina/ acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:/ bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,/ de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,/ y la espesa tierra no comprende tu nombre/ hecho de impenetrables substancias divinas…” De no ser por sus celos enfermizos, tal vez Pablo Neruda hubiera continuado indefinidamente junto a Josie Bliss: “Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!/ He llegado otra voz a los dormitorios solitarios, a almorzar en los/ restaurantes comida fría, y otra vez tiro al suelo los pantalones y/ las camisas,/ no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes./ Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte, y/ qué amenazadores me parecen los nombres de los meses, y la/ palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene…/.

Sentía ternura hacia sus pies desnudos, hacia las blancas flores que brillaban sobre su cabellera oscura: Pero su temperamento la conducía hasta un paroxismo salvaje. Tenía celos y aversión a las cartas que le llegaban desde lejos a Pablo Neruda; ella Josie Bliss escondía sus cartas, telegramas, sin abrirlos: mira­ba con rencor hasta el aire que él respiraba. “Cuando te mueras se acabarán mis temores", le decía una y otra vez. En otras ocasiones Josie Bliss celebraba misteriosos ritos en su resguardo a la fidelidad del poeta. Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas/ recostadas como detenidas y duras aguas solares,/ y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,/ y el perro de furia que asilas en el corazón,/ Así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,/ y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,/ el largo, solitario espacio que me rodea para siempre./

A veces Pablo Neruda se despertaba con una luz, un fantasma que se movía detrás del mosquitero, era ella, vestida de blanco, -¡blandiendo su largo y afilado cuchicho indígena. Era ella paseándose horas enteras alrededor de su cama sin decidirse a matarlo: “Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración oída en/ largas noches sin mezcla de olvido, uniéndose a la atmósfera como el/ látigo a la piel del caballo. Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el/ fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula,/ argentina/, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras/ que poseo, y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma, y la/ paloma de sangre que está solitaria en mi frente llamando cosas/ desaparecidas, seres desaparecidos, substancias extrañamente/ inseparables y perdidas”.

Seguramente Pablo Neruda pensaba que Josie Bliss acabaría por matarlo. Por suerte, recibió un mensaje oficial que le comunicaba de su traslado a Ceilán. Preparó su viaje en forma secreta, y un día abandonó su ropa y sus libros, salió de la casa como de costumbre y subió al barco que lo llevaría lejos: “Tal vez sigo existiendo en una calle que el aire hace llorar con un/ determinado lamento lúgubre de tal manera que todas las mujeres/ visten de sordo azul…”

Dejaba a Josie Bliss, especie de pantera birmana, con el más grande dolor. Apenas comenzó el barco a sacudirse en las olas del golfo de Bengala, se puso a escribir ese gran poema Tango del Viudo, trágico trozo de su poesía destinado a la mujer que perdió y le per­dió porque en su sangre crepitaba sin descanso el volcán de la cólera. Color azul de alas de pájaros de olvido,/ el mar completamente ha empapado las plumas,/ su ácido degradado, su ola de peso pálido,/ persigue las cosas hacinadas en los rincones del alma,/ y en vano el humo golpea las puertas./ Ahí está, ahí están / los besos arrancados por el polvo junto a un triste navío/ sacude llamando el alba:/ parece que la boca de la muerte no quiere morder rostros,/ dedos, palabras, ojos:/ ahí están otra vez como grandes peces que completan el cielo/ con su azul material vagamente invencible…”. ¡Qué noche tan grande, qué tierra tan sola!, recordaría Pablo Neruda más tarde.

BERLÍN VISTO A VUELO DE PÁJARO



Escribe Ángel Gavidia


Decir que esta es la crónica de un viaje es simplemente excesivo. Es apenas el apunte de una observación ligera. La primera impresión de una ciudad que imaginé distinta. En especial en su arquitectura. Cuando hablaban de Berlín, pensaba en París, Madrid, Roma, Londres. Pero su personalidad de famosa urbe europea se apoya más bien en la sobriedad de la construcción moderna sin más características. Y hasta el famoso muro que dividía a la ciudad, que vislumbré imponente, no era tal, era, en realidad, dos paredes paralelas relativamente delgadas; pero el espacio que quedaba entre ellas estaba minado y atravesarlo suponía morir despedazado o acribillado por los que lo guardeaban. Pero allí ya estamos entrando en lo fundamental de esta ciudad: su historia. La modernidad de sus construcciones testimonia que la guerra no dejó piedra sobre piedra. Pero, como nos dijo el guía, la Segunda Guerra Mundial no fue provocada por cinco locos que incomprensiblemente convencieron al país que había que hacer la guerra, que ellos pertenecían a una raza superior, y que los judíos, los gitanos, los testigos de Jehová, los homosexuales, debían desaparecer. Fue la convergencia de varios acontecimientos entre los que se encontraban el orgullo alemán hecho trizas (incluyendo su rey fugitivo) por la guerra perdida (la Primera Guerra Mundial), la gran deuda que debían pagar a Francia por haber iniciado el conflicto, además de la hiperinflación alucinante y por consiguiente la pobreza con carácter de hambruna, entre otros factores. La Segunda Guerra Mundial ha dejado su huella en cada esquina. Y los berlineses mantienen esas huellas visibles para no olvidarlas, para recordarlas siempre (perdonen la reiteración). Comenzando por el estadio aquel que Hitler mandó construir para 100,000 almas como un símbolo de arrolladora grandeza. Está allí y allí también están las fotos del pueblo vibrando con el saludo nazi. En ese estadio nuestra selección de fútbol, variopinta en su choledad, le ganó, en esos años, a la selección de “la raza superior”, y un atleta norteamericano negro barrió todos los records. Pero allí está, doy fe, monumental e intimidante. Y también está el lugar desde donde se embarcaban a los judíos, niños, mujeres, ancianos, para ya no retornar. Y está también el barrio que alguna vez fue judío y que ahora ya no lo es, pero en él se recuerda en cada poste como fue incrementándose la hostilidad hasta llegar a la muerte de sus antiguos habitantes; quiero decir que se exhiben algunas ordenanzas tales como: “ Se prohíbe a los judíos tener mascotas”, “Los judíos solo comprarán el pan a las 5 de la tarde”, “Los niños judíos no podrán jugar con los niños alemanes”, “Los niños judíos solo harán uso del trasporte público si su escuela está a más de 4 kilómetros” , “Los médicos judíos no podrán ejercer su profesión”, “Los empleados del correo no podrán ser judíos”… Y, cuando uno camina las calles de Berlín, en el lugar menos pensado, en la vereda, encuentra unas placas de metal con nombres de judíos muertos: fueron vecinos de ese lugar y aún ahora se prosigue la búsqueda de desaparecidos para recordarlos así. Y en Bebelplatz, en un lugar en donde el piso es de un cristal transparente que deja ver una habitación subterránea con estantes vacíos, está el sitio donde se quemaron los libros que discrepaban con el pensamiento nazi. Cercano a este espacio hay una escultura de color negro, negro luto, en donde una madre tiene un su regazo un hijo muerto o desfalleciente. Terrible. Cuando veía todo esto pensaba en la resistencia de muchos peruanos en reconocer a los muertos que dejo el conflicto armado que tuvimos. Pensaba en las veredas de las casas de los desaparecidos (la mayoría campesinos) sin sus nombres y acaso sin veredas y pensaba en la mujer aquella de la escultura negra con el hijo en brazos. Y, claro, venía hacia mí el verso aquel de mi paisano “Perdonen la tristeza”. Dígase de paso que la Universidad Humboltd, que está cerca, cuenta con 21 nóbeles. Y aun así, con este diario ejercicio de memoria, con esta universidad, Alemania ha elegido entre sus parlamentarios a un preocupante 12% de neonazis.

Pero Berlín también es un ejemplo de tráfico ordenado. Es más fácil hacer uso de transporte público que tomar un taxi. Nadie nos revisó si habíamos pagado o no el tique de transporte. Pero, supimos, que nadie hace uso de él sin antes haber pagado el referido tique. Es cuestión de cultura, de civismo: ningún postulante a alcalde de nuestros distritos y provincias habla de ello. Prefieren hablar del cemento cuando debieran reparar, también, en el tejido social, en la construcción de ciudadanía y, acaso, principalmente de ella. Susana Villarán pretendió acometer semejante tarea. Casi la vacan. En la capital alemana vi (con admiración y envidia) varias veces como el conductor de bus se bajaba para ayudar, mediante una rampa especial, a subir a un minusválido y hacer igual esfuerzo para bajarlo cuando llegaba a su destino.

Recalamos en un restaurante de comida italiana. El cocinero nos habló con respeto del Perú y su culinaria. Nos prendió una vela a mitad de la mesa, en verdad fueron varias velas, que la dueña del restaurante, una mujer dura y antipática, terminó apagándolas.

Finalmente visitamos un barrio que también fue judío, ahora lucía como uno de “cultura subte”, en él hallamos un museo en homenaje a Ana Frank. Me quedo con su mirada limpia, purificadora, tierna, alumbrando al “oscuro corazón del hombre” como hiciera decir Ciro Alegría al sabio alcalde de Rumi, don Rosendo Maqui. 





viernes, 21 de septiembre de 2018

Gálvez Cuéllar y "El puñal".


Por : Jorge Aliaga Cacho

El maestro Raúl Gálvez Cuéllar, eximio autor y crítico literario, ha hecho un comentario muy acertado, sobre las influencias que pudiera yo haber recibido en la producción del cuento: "El puñal". Efectivamente, estudié la Literatura del Río de la Plata y bebí de la obra gauchesca de Borges. Me impresionaron sus cuentos. "Ficciones", del genial porteño, es uno de mis libros favoritos. Esas lecturas posiblemente sean contribuyentes al cuento de mi autoría, "El puñal". Pero, a decir verdad, en el momento de escribirlo no pensaba ni en Borges ni es sus "Ficciones", seguramente ya habría sido invadido sin notarlo por: "El sur", cuento borgiano que admiro: 'Uno de ellos lo desafió a una pelea, sacando un cuchillo de grandes dimensiones, pero Dahlmann estaba desarmado. El anciano gaucho que se había quedado en la barra le pasó un cuchillo a Dahlmann. A pesar de que Dahlmann no tenía idea de cómo utilizarlo en una pelea de cuchillo, aceptó el reto. Se fueron a luchar a la llanura, y así es como termina la historia.
Cuando escribí "El puñal, apreciado maestro, pensaba, más que en el gran Borges, en Nueva York, en la salsa "Pedro Navaja" que, en la sociedad moderna, podría ser un equivalente de aquel acuchillador borgiano. Le quedo muy agradecido por sus finos comentarios y aliento que continuamente me brinda. Pronto publicaré el ensayo que usted le ha dedicado a mi producción literaria, el mismo será publicado por una destacada universidad peruana que reconoce sus dotes de gran intelectual y crítico literario. Sepa usted, maestro Gálvez Cuéllar, que su pensamiento y comentarios son un verdadero premio que regocija mi espíritu. 


Por Raúl Gálvez Cuéllar


Al puro estilo borgiano por el tema y por la trama, el autor acaricia el arma en su bolsillo, con morbosa expectativa de usarla, acariciándola y recorriéndola en toda su extensión. Recordemos cómo Jorge Luis Borges acaricia su arma en el bolsillo de su gabán; y que en su otro cuento del "Retorno" (no sé si es exacto el nombre ) describe al hombre que fuera raptado por los indios cuando era niño, y que al volver a su antigua y quemada cabaña, corre a coger el puñal escondido en las cenizas de la cocina, hacía cuarenta años. La pistola y el puñal son armas mortíferas que el escritor -en este caso Aliaga Cacho-, acaricia un filudo puñal con premeditación a un acto delictivo que llega a consumar en un escenario de circunstancia que nos confirma la destreza del narrador que hoy nos descubre más su polifacético quehacer en la variada esfera de la Literatura. Puede haber un acercamiento al precursor de la novela de terror Edgar Allan Poe; pero en cualquier caso Jorge Aliaga desarrolla su estilo personal e intransferible.


Grandes Maestros de la Literatura Peruana: Raúl Gálvez Cuellar y Jorge Aliaga Cacho

martes, 19 de junio de 2018

POLIEDRO, Antología Poética de Julio Solorzano Murga

POLIEDRO, Antología Poética


Una nueva muestra de la poesía peruana del 70



Por: Roger Santiváñez
En este duro invierno boreal de 2018, recibí -con agrado- un nuevo libro de poesía: Poliedro. Una muestra poética de la generación del 70 (Ediciones Anábasis, Lima 2017) compilada por Julio Teófilo Solórzano Murga, quien también es editor de la obra. Procederé a comentar -brevemente- dicha publicación.

      La muestra setentera se abre con un prólogo de Henry Sepúlveda Rojas, quien consigna con acierto las características generales de dicha generación, situándola en el contexto histórico (La revuelta juvenil de París, mayo de 1968, la infuencia del pensamiento de Mao Tsé-Tung, el derrocamiento de Salvador Allende en Chile y la Revolución de Velasco en nuestro país). Señala luego, la aparición del Movimiento Hora Zero (1970) y la obtención del premio ‘El poeta joven del Perú’ (también en 1970) por José Watanabe y Antonio Cillóniz quienes -afirma- son “dueños de un temperamento totalmente opuesto al de los horazerianos”. Por otro lado, destaca la obra particular, por su “novedoso lenguaje onomatopéyico” de César Toro Montalvo. Acto seguido, afirma que esta es una “generación poliédrica” aunque acepta que la faceta preponderante en ella es “un lenguaje coloquial de raíces populares”, tendencia cuyo inciador sería Manuel Morales y su legendario y único libro Poemas de entrecasa (1969) opinión en la que coincide con la mayoría de la crítica poética alrededor del asunto.
      Finalmente Sepúlveda Rojas critica la emblemática antologia de la generación del 70 debida a José Miguel Oviedo Estos 13 (1973) por no haber querido “darse cuenta en absoluto de lo que hacían otros autores de esta nueva época ni de la eclosión de la poesía feminista liderada por María Emilia Cornejo”. Si bien podemos estar de acuerdo en su cuestionamiento a la falta de acuciosidad de Oviedo, comete un error cronológico el prologuista respecto a ME Cornejo cuyos poemas aparecieron después de Estos 13 en el segundo semestre de 1973 y no en una revista universitaria -como escribe Sepúlveda- sino en Eros revista independiente dirigida por Isaac Rupay y concebida en la bohemia literaria del bar Palermo en la Lima de aquel tiempo. Cierra su nota introductoria afirmando que su recopilación quiere “revelar diferentes facetas del 70” y “rescatar de la postergación a voces de alta calidad poética”; lo cual es un hecho plausible desde todo punto de vista.
      La muestra consta de catorce poetas empezando con el ya mencionado Manuel Morales, donde podemos releer su excelente ‘Al amigo napolitano entre botellas van y botellas vienen’. Prosigue Antonio Cillóniz, de quien observamos -en defensa nítida de la modernidad conversacional del 70- estos conseguidos versos: “cuando no quede nadie / que lea ya bucólicas ni que églogas escriba”. El siguiente poeta es Armando Rojas. Aquí podría objetarse que hay un error de perspectiva, toda vez que Rojas -por su estilo y desarrollo temporal- estaría más cerca del sector de la poesía pura de los 60s, junto a Ricardo Silva Santisteban, discípulos del gran Javier Sologuren. Quizá la confusión se deba a que Bosques el primer libro de Rojas se publicó en 1973. Continúan José Watanabe, Oscar Málaga y Abelardo Sánchez León, conspícuos miembros del la generación del 70 e incluídos en Estos 13. Luego encontramos a César Toro Montalvo, importante rescate de un poeta que cubre una franja aparte y singular de esta generación. Igualmente encomiable es la inclusión de Esther Castañeda, Gloria Cáceres (poeta quechua de notable calidad) y Enriqueta Beleván, usualmente olvidadas en las antologías. Va cerrando la muestra el talentoso Enrique Verástegui -sin duda uno de los más altos poetas de Latinoamérica hoy- junto a Sigfredo Burneo, poeta cuya excelencia está por descubrirse, de allí que su inclusión aquí sea más que un acierto. Héctor Rosas Padilla y Juan Carlos Lázaro completan este disfrutable Poliedro con hermosos poemas ambos de lograda dicción coloquial. Rosas con cierto sesgo político no exento de intmidad sentimental, y Lázaro con sostenido y urbano lirismo.
Roger Santiváñez [Orillas del río Cooper, New Jersey South, mayo de 2018]

Roger Santiváñez (Piura, 1956) estudió Ciencias de la Información y Artes Liberales enla Universidad de Piura, donde obtuvo el primer puesto en la categoría Poesía en los IV Juegos Florales (1973). En 1975, se trasladó ala Universidad Nacional Mayor de San Marcos, para seguir estudios de literatura. Concluye actualmente un doctorado en Literatura Latinoamericana en Temple University (Filadelfia, Estados Unidos). Ha publicado los siguientes libros de poesía: Antes de la muerte (Cuadernos del Hipocampo, Lima, 1979), Homenaje para iniciados (Reyes en el Caos/Editores, Lima, 1984), El chico que se declaraba con la mirada (Asalto al Cielo/Editores, Lima, 1988),Symbol (Asalto al Cielo/Editores, Princeton, 1991), Cor Cordium (Asalto al Cielo/Editores, Amherst, 1995),Santa María (Hipocampo & Asalto al Cielo/Editores, Lima, 2001), Eucaristía (Tse-tse, Buenos Aires, 2004) yAmásteis (Altazor, Santiago de Chile, 2007). En 2006, apareció una recopilación casi completa de su obra poética bajo el título Dolores Morales de Santibáñez (Hipocampo & Asalto al Cielo/Editores, Lima). Ha publicado también los libros de prosa poética Santísima Trinidad (Walter Cier/Editor, Lima, 1997), Historia Francorum (Asalto al Cielo, Lima, 2000) y El corazón zanahoria (Sietevientos, Piura, 2002; Fondo de Cultura Peruana, Lima, 2006). Fundador del movimiento Kloaka, está incluido en La última cena, poesía peruana actual (Asalto al Cielo/Editores, Lima, 1987), Poesía Peruana Siglo XX de Ricardo González Vigil (Ediciones Copé, Lima, 1999) y La mitad del cuerpo, antología de la poesía peruana de Víctor Manuel Mendiola (Fondo de Cultura Económica, México, 2005). Obtuvo una mención honrosa en el Concurso de Cuento de las 1,000 Palabras de Caretas en 1985 y el Premio de Poesía José María Eguren (Nueva York) en 2005.  
Fuente: Blog/ Escritores Peruanos.

https://holaflorencio.blogspot.com/2018/05/poliedro-antologia-poetica.html

lunes, 18 de junio de 2018

Nuestro Alepf, texto de Pablo Cingolani











¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra?
¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado?
Borges: El Aleph

A Julio Carmona

Cuando Ernestito, el alter ego del amauta José María Arguedas, el inmortal —otro cuento memorable de Borges, con el que arranca su libro más memorable: El Aleph—, cuando Ernestito, caminando por el Cusco, por el Cusco inmemorial, por nuestro Cusco, le dice a su papá: las piedras hablan, papá, está resolviendo todos los enigmas, todos los olvidos, todas las visiones, todos los destinos.

Cuando un niño habla, no sólo las piedras hablan, pueden hablar, sino que todo interrogante, toda inquietud, toda la desolación del hombre, encuentra un cauce, encuentra una morada, encuentra huella, horizonte, luz.

Borges exploró como ninguno en la erudición, fue una rara avis —extraña pero nuestra— de la literatura profunda, de esa que sólo se escribe con el corazón en la mano. Pero a Borges se le escapó, de su corazón, de sus manos, de su pluma, la grandeza inconmovible de los Andes.

La llanura inabarcable —habitante profuso de muchos de sus textos—, la llanura que cerca y acecha a esa Babel que es Buenos Aires, le impidió ver las montañas, el duro cuarzo, el brillo de la obsidiana, los hombres que construyeron imperios y metáforas con la mera piedra, la simple piedra, esa donde el propio Borges intuyó que podía habitar otro Aleph.

El niño, Ernestito, no sólo contesta las preguntas desesperadas de un Borges que siente cómo se diluye el amor, la pasión, la devoción por esa Beatriz Viterbo frente a la cual (frente a su foto) clama: Soy yo, soy Borges —una escena conmovedora, y desgarrante, digna también de un Shakespeare, digna de dioses, digna de Homero, digna de guerreros que sangran— pero que se disuelve frente a la inocencia de un niño que le asegura a su protector, a su sangre, a su mayor certeza: las piedras hablan, papá.

Arguedas, que acabó sus días suicidándose —y esta es otra historia que hablamos mucho con el Álvaro Díez Astete y es la historia también de un Perú, de una América, que habrá que decir y asumir algún día, no este día, no en este texto—, pone en la boca de un niño —un niño, mi dios: toda la gracia en estado puro— la verdad de la verdad, el Aleph de todos los Aleph, la evidencia de que la sensibilidad, el amor, lo puede todo: puede hacer milagros, no prodigios (¿esto lo decía Kavafis? No recuerdo bien), puede hacer que las piedras hablen.

El Aleph de Borges es oracular. Pero la verdad de Ernestito es más oracular aún. No es el Indostán, son los Andes. No son los tigres, son los jaguares, los uturuncos. No es sólo la grandeza de Alejandro El Magno, es la grandeza, la grandeza de la piedra labrada, la piedra hecha cultura, la piedra hecha irradiación de esa cultura, que encarnó en Pachacutec, en la metáfora tawantinsuyana, en el terrible y bondadoso poder de las montañas más temibles y amables de la Tierra: donde no sólo hay monjes que meditan como el Tíbet sino ese pueblo indomable, ese pueblo desconocido aún para el ancho y ajeno mundo, ese pueblo criador y creador de montañas, de una cultura de las montañas, como es el pueblo de los Andes, como son los quechuas y los aymaras, moradores de esas montañas.

Ese tesoro escondido lo alimenta, lo forjan y lo hacen crecer a diario todos nuestros hermanos que, como el niño Ernestito, saben que las piedras hablan y que, como don Borges, tal vez lo hayan olvidado o se extravían o se pierdan en medio de tanta modernidad al pedo que no sólo puede confundirlos a ellos, sino sobre todo a nosotros, los hijos putativos de Borges.

Voy a esto: entre la inquietud sincera de un Borges a la mística esclarecedora de Arguedas, hay un lazo, hay un sinceramiento común, hay un desgarro compartido, hay una realidad-real que es la nuestra.

En esa tensión, los de aquí, debemos definir todo, y cuando digo todo es: pobreza, marginación, exclusión, discriminación, racismo, democracia, mercado, globalización, tecnología, futuro, sentido común.

Respuesta, sin repetir y sin respirar: o seguimos preguntándonos dónde queda nuestro Aleph o seguimos la huella del niño, esa verdad, tan simple, como las piedras, que hablan, que nos hablan y que han construido caminos, acueductos, casas, silos, muelles, rumbos, fortalezas; esas piedras que han construido un lenguaje, una filosofía, un pensamiento, un latir, una poética, esas piedras que han construido poder, organización, amparo, economía, filosofía: esas piedras que una vez se elevaron para construir un arraigo, un sentido, una patria.

Somos hijos de las piedras. No somos, nunca seremos, nunca vamos a ser parias. Como Ernestito, simplemente, hay que escucharlas.

Esto es un final y esto es personal: la escena más conmovedora de Los ríos profundos, la obra magna de José María Arguedas,  es cuando, precisamente, el río, el río profundo, el padre de todos los ríos, el rey de los ríos, el señor de todos los ríos, el monarca de las aguas, el dios, el espíritu de las aguas, se manifiesta, clama por volver a la vida de los hombres, los incita, los busca sublevar para que retornen y regrese esa comunión líquida, con lo liquido, que es lo mismo que decir con la vida.

El amauta lo resuelve, tan honda como simplemente, invocando tres veces —las tres veces que Pedro negó a Cristo— repitiendo el nombre del río: Apurímac, Apurímac, Apurímac. Nunca sentí tanto ardor ni tanto estremecimiento ni tanta belleza sintetizada en tan solo una palabra. Tal vez allí, también, se encuentre oculto otro de nuestros Aleph.

Pablo Cingolani

Río Abajo, 10 de junio de 2018

sábado, 9 de junio de 2018

Jesús Gálvez Gutiérrez, el poeta del Señor


Por: Jorge Aliaga Cacho.

Acabo de recibir la noticia de la publicación en la internet de los poemas de Jesús Gálvez Gutiérrez, un amigo y buen hombre de Dios. Jesús haciendo justicia al nombre de Jesús, el Mesías, nos entrega un ramillete de poemas de alabanza al Padre Creador. La poesía de JGG nos llega en momentos en que el país y el mundo se pierden en los pasadizos de un ambiente inmisericorde y afligido por la desesperanza. He sido testigo, de primera mano, del poder espiritual de este hombre de Dios. Sus versos son llenos de amor por el Creador y estoy seguro que ellos servirán para animar la vida espiritual de nuestro pueblo.
Jesús Gálvez Gutiérrez es hijo del gran maestro y polifacético hombre de letras, Raúl Gálvez Cuéllar. Jesús, como lo ha sido su padre Raúl, está destinado a darnos con sus versos la renovada esperanza que muestro mundo desangrado espera mirando con la última luz de la esperanza, al cielo.
Felicito a Jesús Gálvez Gutiérrez por esta entrega que estoy seguro será del deleite de los seguidores de este blog que también se preocupa por el bienestar espiritual.



Por Jesús Gálvez Gutiérrez.


En su Presencia

Hoy es un día hermoso
Por no decir maravilloso
Porque su gloria fue mayor
Que la adversidad con su presencia me dio descanso
Frente toda circunstancia pues ya nada cuenta
Cuando Él se acerca haces nacer en mi alma
Una sonrisa de esperanza para mirar desde las alturas
Sobre las alas del Águila.






Tu Dulce Voz

Creo que eres Tú que a mi corazón se acerca
Haces cosas que yo no creería
Ahora conozco que eres Tú quien me llama
Y no como yo pensaba que te llamaba y no respondías
Pues yo te escucho cada día con los oídos de mi corazón
Atentos a esos ríos de agua viva que hiciste brotar en mi interior
Para dejarme en absorto lleno de vida eterna.

Escrito está

Escrito estaá “me llenarás de alegría con tu presencia”
Pues tú cumples esa escritura en mi vida
A diario me das vida con tu presencia
Haces que magnifique tu nombre oh Señor Todo Poderoso
Bendito salvador amado de mi alma
Todo mi ser te conoce
Pues llenas mi copa hasta que rebose
Eres el amado de mi alma
Y me llenas de alegría con tu presencia
Y encuentro delicias a tu diestra siempre
Así haces realidad esta escritura
Para bendecir a los hijos de los hombres
Que se amparan bajo tu amor, tus alas y tu sombra protectora
Eres Fragancia de vida y Escudo a nuestro alrededor
Señor te has convertido en nuestra nube de día y fuego de noche.
Alabado sea tu Santo Nombre Señor de los Ejércitos.

Con este amor te amo Señor

Antes de que mis ojos pudieran verte prefiero amarte
Y antes de conocerte prefiero obedecerte
Y antes de vivir prefiero morir creyendo en Ti que vivir sin fe
Pues aunque no te haya visto nunca Tú eres la realidad de mi vida
Y así viviré gracias a tu Santo Espíritu que vive como rio en mi interior.

El deseo de mi corazón

Por haberme amado me escogiste
Y por tu propósito me santificaste
Para que mi corazón viva delante de ti
Y pueda disfrutar con paz de tu amor eterno
Llenas mi vida de misericordia, amor y paz y sabiduría
Para temer y cuidar de no lastimar tu corazón
Porque tú me amas siempre
Yo también amaré tu corazón para alegrarte
Te obedeceré andando en justicia
Así te alegraré mientras viva
Ya que nada más necesita mi alma
Porque solo el camino del Señor me hace perfecto.

Oración de un Peregrino

Señor guárdame en tu camino
Que tu palabra prevalezca sobre mí.
Añade oh Dios sabiduría y temor a mi alma
Para andar por la senda de los justos
Fortalece mi espíritu con tu presencia
Reposa sobre mí y no te alejes
Nunca me abandones antes guárdame en tu camino.

Unidos

Solo en tu camino soy feliz
Mas esa paz inalterable que me das
Y me permite creer en ti
Creer para vivir y contar tus maravillas en mi vida.
Gracias por la paz que me das, te has hecho uno conmigo
Jamás me imagine que me sucedería
En cada momento de mi vida estás
Eres más dulce de lo que creía.
T e invoco y ahí estas. Y si me olvido de ti ahí estás todavía
Mi corazón se desborda de paz, seguridad y reposo
Y solo quiero perderme en tu presencia
Que las Labores no me interrumpirán
Porque estoy con el que da vida al corazón.
Antes esperaré tu intervención
Esperaré a oír de tu boca tus órdenes que estoy para cumplirlas
Porque solo tú oh Dios me llenas de dicha y paz cada día
Alabado sea Dios para siempre. Amén


PENSAMIENTOS

"La muerte debería ser el castigo de todos aquellos que quieren ser más poderosos que las leyes. De este modo los malvados serían menos numerosos." 

Sófocles, Electra.

"Soy más viejo, por tanto más libre, por tanto más radical."

José Saramago

“La derecha avanza -como la maleza en la selva- por las grietas que deja la izquierda en sus hermosos proyectos”.  Fernando Báez

"Los malos no triunfan sino donde los buenos son indiferentes”
José Martí 

“Uno puede combatir el mal, pero contra la estupidez no existe arma posible.”
Henry Miller

"Cuando es más corrupto el estado, hay más leyes."    

Tácito

"No hay mayor mentira que la verdad mal entendida."    

William James

L.A.A.H. 

Sólo cuando el último animal esté muerto, 
el último árbol derribado, 
el último río envenenado, 
te darás cuenta que el dinero no se come.  


                  

viernes, 8 de junio de 2018

Hay algo aquí

Por: Pablo Cingolani

 Hay algo aquí –no sé bien qué es- pero sé que está aquí, sé que late, sé que incita, sé que trepa, sé que seduce

¿Será el viento frío que baja de los cerros? ¿Serán los mensajes de la nieve que trae consigo? ¿Será que esa nieve atesora memorias tan fuertes que uno no puede sino abrir el corazón y recibirlas y conmoverse y sentirlas tan adentro de la piel que ya no se van a otra parte y van con vos allí donde vos vayas y se quedan con vos allí a donde vos te quedes?

Hay algo aquí –y no sé si pueda asirlo con mis dedos, no sé si pueda delimitarlo, no lo sé: tal vez eso no haga falta-, simplemente, está aquí y se aferra y se eleva y se junta y se entrega y está aquí y sólo se trata de sentirlo, sólo se trata de vivirlo

¿Será esa presencia, será esa estética, del despojo, de lo mínimo, de lo escaso, de lo desolado, de lo que no le importa a nadie, lo que atrapa, lo que cautiva, lo que fluye, lo que se está y crea, despierta, sacude, esperanza?

¿Será que así el dolor se exilia, se desvanece, se fuga y sólo quedan las piedras, sólo quedan las grietas, sólo quedan los cerros desnudos para develar un camino, una huella, un faro, algo que brille y todo para celebrarlo, agasajarlo, vivirlo en la pura arena que envuelve tus manos, en la infinita dicha de caminarlo?

Hay algo aquí –hay algo que no es ni la luna virtuosa de mayo ni el fulgor decidido de la cruz del sur, la majestad de la chakana
Hay algo, algo poderoso, algo infinito y no son las miles de serenas estrellas que coronan la noche
Hay algo tempestuoso y no es el rio que lava el fondo del valle
Hay algo colosal y no son las montañas                 
Hay algo, algo que batalla, algo que te arropa
Hay algo aquí. Hay algo puro, hay algo bueno, hay algo verdadero
Hay algo aquí y ¿sabes? No hace falta ni siquiera nombrarlo.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 24 de mayo de 2018